septiembre 11, 2006

Se llamaba San Benito, hoy es la Minorista


Por César Arbeláez

Durante el día sus calles están atestadas. No obstante en las noches pocos se atreven a recorrer el sector a pie.

La Avenida del Ferrocarril está presuntuosa de buces y carros vehementes. La oscuridad también clausuró la Panadería la Abuela, las academias de conducción ‘Ferrari’ y ‘Fredy-Auto’.


Es la hora en que la Residencia Soñar tiene más habituales y el Inquilinato Marco’s recibe a pocos de los muchos trabajadores de frutas y cigarrillos de la Minorista. Sólo se ven las persianas con los avisos: Vitrinas La Minorista, Centro Dental San Benito, Mercados Populares, Ferretería la Minorista, Plastimuebles, Multitubos, Ricopollo Paisa; no sólo las persianas, las fachadas ofrecen todo tipo de servicios al consumidor. La soledad inunda el resto del barrio; la noche también cerró sus ojos.


El sector de la Minorista es misterioso, oscuro y solitario cuando llega la noche; similar al barrio San Benito. Pero los espantos de hoy tienen ropa y rostros diferentes a los que atemorizaban las buenas gentes del sector. Según la historia del barrio, ‘El Hombre de Zancos’ y ‘El Sombrerón’, silenciaban las calles a las ocho de la noche.

La soledad y oscuridad de sus aceras aterraba. Sin embargo, fueron fantasmas que nunca vieron porque no se atrevían a mirar por las ventanas. Hoy, más de 100 años después, el barrio se silencia por un fantasma real, la Minorista. Los pocos habitantes que quedan, los visitantes, los transeúntes o algún familiar lejano viven temerosos a las sombras del atraco, el secuestro, y la violación.

La reversa de un camión de La Minorista hace eco en el barrio. Son las cuatro de la mañana y una voz grita “derecha, derecha, ale, ale, ale, enderézcalo” y la escena reincide una y otra vez con cada camión que llega a descargar los plátanos, el coco, la carne, la naranja, el tomate, los aguacates, los mangos y otros productos.

El día aclara y el tráfico es el gran compositor entre rugidos de camiones y motocicletas, corcheas con pitos y un acelerar en blancas, suave pero constante. Todavía no sale el sol y los alrededores de la Minorista parecen Guayaquil en diciembre.

Las puertas de la Plaza José María Villa José María Villa están abiertas desde las cuatro y media de la mañana y los transeúntes pueden encontrar tres aguacates por mil pesos en el separador de la Avenida del Ferrocarril; los aguacates y los mangos de azúcar están en cosecha y no es sólo un vendedor, es una galería completa hasta el semáforo donde también ya hay trapos rojos para los conductores, cigarrillos, tinto, jugo de naranja y café con leche.

En una de las pocas cuadras residenciales que quedan en el barrio, tres camiones descargan; uno plátanos; otro muebles y el último cocos. Toda la mercancía la guardan en bodegas que antes fueron casonas de hasta seis piezas en galería, corredores y baños amplios y hasta tres patios; en un par de horas la cuadra estará atiborrada de carretilleros que llegan desde toda la periferia a rebuscar el dinero para vivir. Desde ahí, caminan por todo el centro huyendo de los hombres de azul ‘El espacio público’ y paso a paso llegan a cada barrio con micrófono en mano ofreciendo los productos.

De la misma forma, paso a paso, la Plaza Minorista José María Villa ha ido consumiendo lentamente el Barrio San Benito, que según Luis Latorre Mendoza, es el barrio más antiguo. En el libro Historia e Historias de Medellín cuenta que “El barrio, como barrio, que primero existió en la villa fue el de San Benito, que es de lo más típico, lo más amable y colonial que ha tenido esta seudo- urbe”, pero desde el traslado de la plaza de mercado de Guayaquil en 1983 al sector de San Benito, lo típico se destruyó, lo amable se volvió desconocido y lo colonial es sólo un recuerdo. El setenta por ciento de las casas donde algún día vivieron prestigiosas familias de la ciudad, hoy son negocios y bodegas.

En un libro de recortes de periódico, Federico Mejía, un habitante del antiguo (San Benito) y nuevo (Minorista) colecciona todas las noticias que publican sobre el barrio San Benito y su degradación. El libro pesa 20 kilos, mide 80 centímetros de largo y 60 de ancho y en la pasta dice en letra con regleta de molde Barrio San Benito. En los recortes están los siguientes titulares: “En Medellín apareció la Virgen de las Mercedes, Los primeros franciscanos en Medellín, ¿Dónde queda San Benito?

En Medellín, el Niño Dios nacía en San Benito, En Medellín los villancicos se cantaban desde San Benito, San Benito pide cumplimiento del Pact-Arim, Al rescate de San Benito, San Benito exige ser residencial, Recuperando a San Benito, En qué va San Benito, Por San Benito camina la historia, San Benito todavía tiene alma de barrio, San Benito un rincón en la memoria, San Benito era una manga, hoy ni el recuerdo” y otros artículos y fotografías que dejan una sensación de reminiscencia en el presente, dice Federico Mejía.

La Minorista es una fuente de trabajo importante en la ciudad; voceadores, vendedores de mano en mano, los dueños y trabajadores de locales, camioneros, cargueros, transportadores de mercados o “Los de los carritos”, taxistas, y un sinfín de empleos y subempleos que benefician a muchas familias que venden y compran en la plaza de mercado. Pero esa es precisamente la razón del deterioro del barrio.

Las calles de San Benito son un corredor vial, de transeúntes y del comercio. Por las arterias desangradas de gris camina desde el más Pidientero a la persona más adinerada, pero eso sí, pasan en los automóviles con los vidrios cerrados ‘por si las moscas, es mejor evitar’ dicen algunos. La Minorista crece y el añejo barrio parece ser un comodín para ese crecimiento.

Los inquilinatos aumentan de forma acelerada. En improvisados letreros con papel y letra desbarajustada “Se alquila piesa”. La mala ortografía es un síntoma de la situación social que tienen las personas que viven allí; la mayoría son comerciantes de la plaza y se han desplazado al barrio para ahorrarse transporte y tiempo. Cuentan algunos habitantes añejos que desde que llegaron los nuevos vecinos, los equipos de sonido con vallenatos a todo volumen, sancochos en la mitad de la cuadra y el constante olor a marihuana han ido consumiendo las familias del barrio buscando otros que les ofrezca la tranquilidad que quitó la Minorista.

José María Villa, fue el arquitecto que construyó el puente de Occidente sin ningún tipo de plano, pero acompañado de aguardiente y tapetusa. Es posible que muchas personas no sepan quién es o quién fue ese hombre de quien marcan el nombre en letras inmensas sobre la entrada principal. Lo más posible aún es que nadie le dice a la plaza: José María Villa, sino Minorista; así aparece en los buses y los almacenes y nunca se lee en un bus: San Benito; Minorista y punto.

El barrio de San Benito es muy poco conocido; cuando alguien responde que vive en San Benito, nadie ubica el lugar y por eso muchos habitantes han optado por decir que viven en San Benito por la Minorista o en un barrio que antes se llamaba San Benito y ahora se llama Plaza Minorista José María Villa. Donde las letras amarillas no brillan porque la noche le cerró los ojos al barrio.